En noviembre de 1955 se creó con un capital inicial de un millón de dólares la Fundación Juan March. Como los grandes capitalistas anglosajones, March buscaba el reconocimiento social del mundo de la política y de la cultura, en un momento en el que había alcanzado la cima de su riqueza.
Su sede, en la calle Sant Miquel, fue erigida en 1917 por obra del arquitecto Guillem Reynés. March tenía allí un despacho majestuoso, un salón estilo Luis XVI, un drawing room con frisos de Darío Vilas y Fausto Morell, y una espectacular escalera de mármol de carrara que aún da acceso al reconvertido en 1990 en museo de arte contemporáneo.
Una de sus salas acoge estos días una muestra de lo que significó en el mundo del arte, esta sí una gran personalidad, el galerista y marchante de arte Leo Castelli (Trieste, 1907-1999). Cincuenta años marcando una forma de comprar y exponer obras de arte que convirtió Leo Castelli en un todo un empresario galerista. Descubridor de los artistas del pop norteamericano e inventor de un mercado frenético e incontenible por la crítica europea y los ricos clientes americanos. Un talento avanzado a su tiempo, con una intuición casi infalible para comprender el complicado engranaje del mercado moderno y los secretos del marketing.
El primer contacto de Castelli con la Fundación Juan March fue a finales de los años setenta con un préstamo de obras, aunque que no es hasta 1988 cuando la Fundación March en Madrid acoge una exposición de 60 obras de los fondos particulares del galerista.
Con motivo de su 90 cumpleaños uno de sus hijos le regaló un porfolio de 9 grabados muy vinculados a su trayectoria, con obras de Jasper Johns, Richard Serra, Robert Rauschenberg o Bruce Nauman. La edición fue de 90 ejemplares 88 de los cuales Castelli repartió por museos e instituciones vinculadas para mostrar a modo de homenaje sus grandes pasiones.
Una muestra más sentimental que grandiosa pero que nos acerca a una de las figuras más importantes del arte contemporáneo.



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