Proponer el dibujo en tiempo de mirada electrónica y visualidad hipervirtual resulta sorprendente. Pero esta herramienta tan antigua como la humanidad significa un trayecto de síntesis para la vida Sandra Vásquez de la Horra (Chile, 1967).
La artista afincada en Colonia presenta estos días en la galería Kewenig dibujos en hojas de papel realizados con mina de plomo y cubiertos de una fina capa de cera, un efecto que proporciona intemporalidad a la obra y a la vez lo protege, evocando la permanencia. Una permanencia que nos remite a referentes visuales de obras de Dante, Baudelaire, Rimbaud o André Breton.
Precisamente fue el movimiento surrealista el primero de la historia de la cultura y el arte que acogió con cierta normalidad más mujeres creadoras, aunque una gran parte de las surrealistas fueron musas y amantes de muchos otros artistas masculinos que buscaban en ellas una “belleza convulsa”, la misma que propugnaba Breton en sus manifiestos como le beau comme. Esta fórmula metafórica que junto a la prosa de Isadore Ducasse (Montevideo, 1846-París, 1870) utilizaron artistas como Salvador Dalí para realizar series de dibujos donde la violencia desmoralizante sustentó parte de su imaginario paranoico para Los Cantos de Maldoror.
Sandra Vásquez de la Horra impregna sus dibujos de cultura popular, de mitos, de cuentos de hadas, de sexo, de muerte y de recuerdos personales relacionados con su Chile natal y la dictadura de Pinochet. Un compromiso para con el cambio social y la justicia, como continuación de las batallas que libró desde sus épocas de juventud en Chile en contra otra dictadura más que instauró la “pedagogía del terror”.
La artista chilena nos presenta unos dibujos con un lenguaje plasmado e interesado en la huella, en la textura, en la tipografía, en la sorpresa y en la acumulación, pero resulta innegable la energía que transmiten dispuestos temporalmente en las paredes de la capilla formando una estructura narrativa llena de intuición e ingenio.
Dramas de la historia humana causados por la ambición, el poder, la religión, el odio, la melancolía o la muerte, pero también por el amor y la palabra escrita que, en general, refuerza el misterio de las composiciones pero ayuda a disminuir la distancia respecto al espectador.

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